Relatos

Cristal afilado, sucio y roto

Sí, me sentía solo, y gritaba, y me desnudaba, y pensaba que si no me sintiera solo, me sentiría sobrio y guapo e interesante, y tendría valor para acercarme a ella que siempre me mira con ojos de cristal afilado, sucio y roto, y no es bueno sentirse así, ya sabes, un trozo de cristal afilado, sucio y roto que ella mira del revés esperando que no la corte, ni la ensucie, ni la rompa.

Cenizas en la boca, carroña bajo las uñas, tristezas antiguas en el corazón, ansias caníbales en las tripas…tenía todo esto y, sin embargo, me sentía solo. Todo lo solo que se puede sentir un hombre o la sombra de un rayo de luz o un pedazo de cristal roto, porque yo era un poco de todo esto, y otras cosas de las que no puedo hablar porque son cosas que piensan y hablan entre sí cuando se las invoca, y yo no quiero tener sus voces confundiéndose con la mía en mi mente una vez más.

Isabel me dijo que no había amor, todo era pura química, ¡no hay amor ni nada que se le parezca! Estaba cabreada,  porque otra vez la habían dejado tirada y tenía la sensación de que la habían engañado desde el principio, probablemente desde el momento en que le hablaron del amor por primera vez. Estaba enfurecida con los maestros del amor y los príncipes azules y las pelis románticas y todas las buenas mentiras que el corazón nos cuenta cuando sueña. Su rabia crecía, su dolor no me conmovió. Su mirada se encendía, su dolor no me conmovió. No quería llorar, pero al final, al anochecer lloraría: su dolor no me conmovió.

 La mayoría ama sin abandonar las cuatro paredes de sus corazones: estos siempre sufren de amor. Estos nunca llegarán a entender que amar con el corazón de uno mismo no es amar del todo. A estos les animo a enamorarse, en primer lugar, de las piedras y las telas de araña, y después de las sombras de los árboles y de los ladridos de los perros, entonces, cuando hayan aprendido a salir de sí mismos, de las penumbras del corazón, sobretodo de las penumbras de los corazones amorosos, estarán listos para intentarlo.

Sí, me sentía solo, y gritaba, y me desnudaba, y pensaba que si no me sintiera solo, me sentiría sobrio y guapo e interesante, y tendría valor para acercarme a ella que siempre me miraba con ojos de cristal afilado, sucio y roto, y no era bueno sentirse así, ya sabes, un trozo de cristal afilado, sucio y roto que ella miraba del revés esperando que no la cortase, ni la ensuciase, ni la rompiese. La gente detesta que la rompan, sobre todo las mujeres, ellas prefieren que les arranquen los cabellos o que les machaquen los dedos de los pies con un martillo antes que las rompan. Ella cuando me hablaba intentaba no parecer simpática. Quería que yo, trozo de cristal afilado, sucio y roto fuese consciente de que jamás tendría la posibilidad de romperla, al menos no en este mundo que no era el primero ni sería el último por mucho que estuviese escrito que solo un mundo era posible en este mundo.

Decidí masturbarme. Decidí hacer poesía de mi pene erecto y violar a todas las musas que sé se reían de mí a mis espaldas. Ellas me odiaban, de hecho, casi todo el mundo me odiaba, lo sabía, me lo contaron los cuervos y los gusanos al borde de mi tumba donde sufría horrores que los vivos no entenderían. Los fantasmas a veces venían y también se masturbaban conmigo. Intercambiábamos semen y fantasías obscenas, después bailábamos sobre un  montón de cadáveres de un montón de dioses que ya no le interesaban a nadie. Éramos felices evitando a los vivos y sus alegrías. Éramos felices mirando sus tumbas que no eran muy diferentes de sus avenidas y sus rascacielos.

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doce ÷ = dos