Relatos

Del infierno del amor

Me lanzaba a las vísceras de aquel abismo de sexo barato y sobredosis con el afán de una hormiga laboriosa que no se detenía hasta dar con ella en alguna parte, tenso y angustiado como si temiera perder la cordura y hasta el alma si ella no estaba.

Para una vez que ligaba en meses lo hacía con una puta: no sabía si era mala suerte o una jodida bendición caída del cielo a deshora. Mientras me decidía ella quiso sacarme de dudas lanzándome la sonrisa cautivadora de una araña hambrienta en paz con el destino sabedora de que el porvenir sería provechoso.

Era evidente que ella tenía apetito y yo, en cambio, tenía una sed tremenda; era tan sencillo como esto o más complicado porque tenía entendido que los hambrientos y lo sedientos no se llevaban muy bien en ninguna parte, pero no quise pensar en ello. Porque no podía pensar, porque no quería pensar, porque pensar dolía mucho cuando veías a toda aquella gente a tu alrededor saciada y tú, en cambio, muerto de sed jugándotela a deshora en las telas de las arañas que, era cierto, lo sabían todo de los sedientos y de los hambrientos y de los necios que alguna vez habían pensado que las arañas en su red no sabían rimar bien hambre con sed y todo lo que les diera la gana rimar.

Desde el primer momento, fue abiertamente directa; lo primero que me dijo fue que era puta, lo segundo, que disfrutaba con el sexo anal; lo tercero, que no follaba sin condón con desconocidos, pero podría correrme donde quisiera: tres bofetadas tan salvajes y tan buenas como tres chupitos de vodka uno tras otro. No supe que decirle a todo aquello, al tiempo que respiraba aliviado porque no tendría que jugar a hacerme el ocurrente, el gracioso, el interesante y tragarme lo que sea que tuviera que contarme sobre la carrera de psicología, las novelas románticas que estuviese leyendo y su afición a los juegos de mesa para, al final, terminar por confesarme que lo estaría pasando francamente mal porque el amor de su joven vida salió volando por la ventana tras una infortunada aventura sexual con su mejor amiga que, sin duda, sería toda una guarra; siempre eran unas guarras, según ellas. Se diría que el mundo estaba atestado de ellas y, sin embargo, mi cama permanecía fría y sola. ¿Dónde estaban todas esas guarras?, me preguntaba mientras escuchaba todo aquello, pensando si realmente valdría la pena, después de todo, eran corazones rotos y los corazones rotos nunca arreglaban nada, sino que lo complicaban todo con inoportunas llamadas a las seis de la mañana para preguntarme si creía que eran guapas, ¡claro que sí! ¡Todas eran guapas a mis ojos! Pero estaban partidas por la mitad como las muñecas de un sanatorio mental y yo quería una bestia, un ave de presa, un cuervo que me royese el hígado y después los ojos. Quería una mujer entera de los pies a la cabeza que me destrozase, no arreglar los corazones destrozados de nadie. Las mujeres rotas, frágiles y delicadas me aburrían, o eran demasiado simples y evidentes o fingían que eran simples: ninguna de las dos cosas me gustaban y al final, de lo profundo de sus abismos siempre se erguían dragones hambrientos con los que mis propios dragones no se entendían porque eran más salvajes que los suyos. La araña, satisfecha en su red como el sol en el cielo al mediodía, me había ahorrado todo aquello.

Cada vez que abría la boca era como si dictara una sentencia de muerte sobre la cabeza de un pobre fraile mendicante: ese era el modo, esa era la manifestación palpable de su magia. Como una araña guerrera tejía su tela a golpes de tambor y marchas marciales: amaba el campo de batalla y el acero afilado era su vida. Si no derramaba sangre no era feliz y si no era feliz podría desatarse una tormenta en el cielo al otro lado del mundo. Oírla hablar de como un tío le propuso tirársela por la mitad de la pasta antes de que ella se fuese allí a tomar una copa o de las zorras que le robaban clientes, con palabras cristalinas y exactas, era como pegar el oído a los ruidos de una madriguera de ratas al otro lado de la pared.

“O te quedas o te vas”, fue lo que me dije fascinado y casi aterrorizado, planteándome una vez más si lo mío había sido mala suerte o un regalo del destino que, dicho sea de paso, no solía ser muy generoso conmigo, del mismo modo que yo no era generoso con nadie porque estaba cansado de todo el mundo, incluso del mundo que habitaba la otra cara del mundo.

O me largaba o me quedaba, y esto fue lo que hice porque la tela de la araña, después de todo, era pegajosa y confortable para un insecto con instintos suicidas y demasiadas oportunidades para darse cuenta de lo feo y ridículo que era todo cuando se maquillaba la cara y hablaba en la tele y en los parlamentos. Ella, en cambio, no era ninguna de estas dos cosas y, por ello, quería esconderme entre sus piernas y morir pegado a su tela de negro vello púbico que imaginaba abundante y salvaje acorde con los largos pelos de las axilas tan sudadas como las mías, tan fáciles de amar como un rosal repleto de espinas al anochecer.

No era perfecta, ni siquiera era guapa, pero brillaba en aquella inmensa oscuridad como un ángel al amanecer después de haber profanado los cadáveres de algún cementerio en ruinas con cópulas odiosas. No era perfecta, ni yo necesitaba una mujer perfecta, eso se lo dejaba a los soñadores y a los eruditos del pene que tenían toda la vida por delante para buscarla entre la basura y el hierro oxidado. Yo, en cambio, no podía hacer eso; mi vida se acababa, se acababa rápidamente bajo la atenta mirada de la locura en la madriguera de conejos, no tenía tiempo para las mujeres perfectas con las axilas depiladas y todas sus mierdas en sus cabezas compitiendo con las mías que apestaban mucho más que las suyas. Soñaba despierto con la muerte y una araña era la mujer perfecta donde morir. Llegué a pensar que hasta podría enamorarme de ella y eso me dio ganas de inmediato de salir pitando de allí, pero era imposible, la tela era posesiva y los sueños de la araña era tan buenos como una polución nocturna sobre los textos sagrados de algún antiguo credo. Quería la araña, quería la muerte, quería aquel ángel resplandeciente, quería la ciudad en llamas y proyectiles atómicos cruzando el cielo rumbo a ciudades populosas llenas de niños buenos y tiernos. Quería su carne, su sangre y hasta su orina si se le ocurría mearme encima y, cuanto más hacía sonar los tambores y la metralla de la guerra, más enganchado estaba a su sudor, a sus cejas densas, a sus brazos tatuados, a las pequeñas arrugas de su rostro… no era perfecta: era justo lo que quería.

Finalmente engulló la copa de un trago, me miró a los ojos y, no sabía si sonriendo o burlándose de mí, me dijo sobria y nítidamente alzando el hacha como un verdugo apasionado: «¿Lo hacemos o me vas a tener aquí toda la noche? ¡Todavía tengo que currar!». Cómo un fraile mendicante en el cadalso, me apresuré a rebuscar en los bolsillos del pantalón. Tenía que haber algo por allí en alguna parte, pero todo lo que encontraba eran monedas, cigarrillos deshechos y trozos de papel garabateados: ¡Tenía que haber algo! Y si no había robaría a alguien, mataría a alguien, me prostituiría yo mismo con quien fuera. No podía creer en mi maldita suerte; la muerte, el ángel sacrílego, la araña hambrienta, el coño muy velludo, las axilas sudadas, todo aquello se me escapaba entre los dedos como una ilusión fugaz en el inhóspito desierto de la vida que persistía en dejarme bien claro, una y otra vez, que estaba perdido. Siempre lo estaría, pese a estrellarme la cabeza contra los sólidos muros de la realidad circundante conforme con su realidad personal y todas las realidades eucarísticas y atómicas que no hacían nada por nadie, pero eran mucho más reales que cualquier otra cosa con la que deseara masturbarme o ansiara matar: era más real que nada.

Al fin, conseguí encontrar un billete en medio del desorden de mis bolsillos. La miré con una sonrisa triunfante, poniendo el billete bien delante de sus ojos desdeñosos e impacientes, satisfecho conmigo mismo por torcer mi negro sino logrando el indulto a medianoche en el último instante: ¡era una jodida victoria y ella no podía hacer nada contra ella! Sin embargo, como araña que era, me lanzó a la cara una mueca de decepción y desdén a partes iguales, se giró hacia delante y, desde aquella nueva cima tan elevada como los riscos del peor infierno imaginable, dictó su sentencia: «Por esa mierda te hago una mamada y nada más». Sonreí como un payaso alegre con chistes nuevos y hermosas tartas de fresa y vainilla estampadas en su cara: la vida era una mierda que a veces consentía que le diera un buen bocado.

Me condujo en silencio por entre algunas calles anodinas y mal iluminadas, rumbo a no sabía donde, como una araña experta en aquella cartografía diabólicamente precisa de crómelechs rojos, amarillos y sólidos como las uñas de Lucifer arremetiendo contra el Cielo surcados por negras pistas de sangre envenenada. Le dije que lo hiciéramos allí mismo; era un sitio tan bueno como cualquier otro. Me dijo que ni hablar, podía pasar la poli y no quería líos. Cruzamos una avenida desierta y nos internamos en las entrañas tenebrosas de una de las áreas infames de la ciudad. Una vez allí metidos, la luz no era más que un velo ácido flameando a nuestras espaldas señalando con persistencia la última esperanza para las criaturas que nos movíamos por las arterias umbrosas de aquél limbo secreto indiferente al Bien y al Mal, a las hipotecas, a las facturas del veterinario y los shows de moda en prime time: si algo era importante para el resto del mundo, allí dentro carecía de todo valor, sólo la cortina de luz a nuestras espaldas nos recordaba que había algo más allá afuera, pero no era ni de lejos tan real como las vaginas sudadas, las navajas afiladas, los billetes arrugados y los papeles de plata llenos de sueños goteantes alumbrados por las llamas puntiagudas de los mecheros. La esperanza brillaba a nuestras espaldas, pero no era del todo real.

Por fin encontró un rincón de su gusto, sin darme tiempo a nada se puso de rodillas, me bajó los pantalones e hizo con sus labios y su lengua lo que ningún bardo hizo jamás. Si era poesía, era poesía que apretaba la carne con los dientes y después la sanaba con versos flamígeros, a veces aterciopelados, a veces duros y frescos como la brisa marina en alta mar. Mataría a quien fuera por aquellos versos cargados con las melodías marítimas de su saliva. Mataría a quien fuera, aunque fuera un buen hombre y no me arrepentiría de ello. No duré mucho, me corrí casi enseguida para mi enorme sorpresa, jamás en mi vida había alcanzado el climax en tan poco tiempo. Me vacié en sus mejillas pálidas y suaves eufórico conmigo mismo como si mediante la sustancia seminal derramada en su piel hubiera sellado un pacto con ella, ahora nos pertenecíamos:era mía y yo siempre sería suyo en esta vida y en las siguientes hasta el fin de mis erecciones y eyaculaciones. En mi cabecita de chorlito se había establecido un vínculo, un hermanamiento, una unión indisoluble que me llenaba el alma de vigor y voluntad para quebrar el cielo nocturno sobre nuestras cabezas. La vida era hermosa, ella era hermosa y el ancho mundo atestado de hambrientos, dictadores, embusteros, currantes insomnes, balas y cañones era hermoso. Por mí podía seguir girando aumentando las colas del paro con cada nuevo giro, los hambrientos, los tiranos, los corruptos, las injusticias contra las mujeres, contra los niños en los talleres textiles y contra los santos en ayunas. Había dejado mi huella en su rostro, ya no había vuelta atrás: yo era ella y ella era yo. ¿Me había vuelto loco o simplemente era idiota?

A partir de aquel día, me pasaba las horas en el trabajo pensando en ella como una colegiala obsesionada con una estrella pop. A veces me decía que aquello no tenía ningún sentido, yo sólo había sido uno más en una lista interminable de felaciones en un rincón oscuro, pero después recordaba que estábamos unidos: ella era yo y yo era ella. Estaba firmemente confiado en la alianza que había urdido sobre ella de rodillas frente a mí con mi pene rozando su cara. Yo no era otro cualquiera, no podía serlo, mi megalomanía innata me susurraba al oído que yo era especial, también para ella o cualquier otra zorra. Como aquel otro borracho yo era un genio, pero el mundo no lo sabía… y ella se había dado cuenta, no podía ser de otro modo. ¿Me había vuelto loco o simplemente era idiota?

Al terminar de trabajar volvía a casa impaciente contando las horas que quedaban para unirme de nuevo con ella. Llegaba a casa, evitaba a mi madre, comía algo por primera vez en todo el día, me masturbaba recreándome en la fragancia de su sudor, en sus pechos menudos, en sus labios en torno a mi pene, representaba detalladamente de memoria la forma de su culito humilde e incitante proyectado hacía mí y la huella de su ano rodeado de negras espinas mirándome a los ojos antes de penetrarlo, pero sobretodo, lo que más me excitaba era la abundante y feroz maraña de pelo que tenía entre las piernas y por doquier y el intenso olor a coño que emanaba de su grieta. Sólo había visto un coño decorado así en las películas porno de tercera fila, creía que ninguna mujer en el mundo real podía tener semejante bosque entre las piernas. Después de masturbarme me encerraba en mi habitación a oscuras con Obituary sonando en el equipo, bebiendo, fumando y mirando impaciente el reloj deseando que me anunciara, por fin, la hora que anhelaba. ¿Me había vuelto loco o simplemente era idiota?

Me lanzaba a las vísceras de aquel abismo de sexo barato y sobredosis con el afán de una hormiga laboriosa que no se detenía hasta dar con ella en alguna parte, tenso y angustiado como si temiera perder la cordura y hasta el alma si ella no estaba. A veces tenía que esperar a que volviera del coche de algún cliente o observar pacientemente como negociaba con algún capullo para poder, al fin, acercarme a ella. La espera era siempre difícil, dura como una cuchilla en los testículos. Yo le pertenecía y ella me pertenecía, era mía mediante la estricta ley de mi esperma y frecuentemente estaba deseoso de renovar nuestro pacto con una nueva efusión de mi alma sobre la suya, no a cambio de una mera satisfacción sexual, sino a cambio de una sólida porción de luz en mi alma oscura y atormentada. Llegué a convencerme de que yo representaba lo mismo para ella, era lo que deseaba creer y así lo hacía porque de lo contrario perdería el juicio. Las veces que no la encontraba volvía a casa dolido y frustrado con el infierno a mis espaldas y un enorme vacío por delante prometiéndome una larga noche con los ojos abiertos lidiando con el infierno, el vacío, la muerte y todas las heridas abiertas a disposición de las alimañas que llevaba dentro, porque esas noches sin ella, eran noches sin mí contra mí mismo; mis penas se agriaban, se volvían más pesadas y exigentes. Ella era yo y yo era ella: ¿Me había vuelto loco o simplemente era idiota?

Siempre me recibía con una generosa sonrisa arácnida, franca y reconfortante como el aleteo de una mariposa entre mis dedos. Lo primero que siempre hacía era ofrecerme un cigarrillo. Permanecía un instante en silencio como si lo que fuera a decir necesitara una reflexión instantánea, cuando se hallaba conforme con las palabras me obsequiaba con ellas preguntándome que tal en el curro. Aprovechaba la ocasión para maldecir a mis compañeros, al jefe y a los clientes, se habían adueñado de mi vida a cambio de un módica cantidad, yo también era una zorra como ella y las demás; no follaba pero era follado por todas partes y engullía las corridas una tras otra con una amplia sonrisa que les hiciese sentirse especiales a todos ellos: sí, yo también era una zorra. Después le preguntaba como le estaba yendo la noche. Me contaba los roces con las demás putas o con los yonquis y algún que otro mal trago con algunos clientes por motivos de pasta, exigencias, caprichos, manías o simplemente por el modo grosero en como algunos se apoderaban de su cuerpo. Siempre deseaba que me revelase todos los sórdidos detalles de aquellos cruces clandestinos en los asientos de los coches o en algún espacio oscuro y degradado. Quería saberlo todo, quería saber de qué modo la agarraban, de qué modo le apretaban los pechos, como maltrataban sus pezones con los dedos, de qué maneras vandalizaban con la mano su trasero menudo y sugerente, de qué manera penetraban su ano y su vagina, como la aferraban de las caderas mientras introducían sus falos en su interior y, finalmente, en qué partes de su cuerpo decidían correrse. Imaginarla en manos de otros hombres me repugnaba y, al mismo tiempo, me excitaba de manera discreta, pero persistente como el crepitar de una hoguera encendida en las sienes. Me interesaba conocer hasta los más mínimos detalles de todas aquellas refriegas lunares a manos de desconocidos, jóvenes, viejos, padres de familia, lunáticos, párrocos, abogados y matones.

En una habitual noche de borrachera, le conté a V. todo lo referente a mi idilio. Lo primero que hizo fue reírse, después me llamó gilipollas, porque solo los gilipollas se enamoraban de las putas. Yo era carroña para ella, era pasta, era su medio de vida, ni sentía nada por mí ni nunca lo sentiría: yo era carroña. Después de decir todo aquello me recomendó que la olvidara y me buscara alguna tía honesta, estaban por todas partes con sus coños casi inmaculados, en comparación, y los corazones palpitantes. Pero yo no quería una tía honesta, no necesitaba una tía honesta que al final me revelaría un abismo antropófago. Ella no me martirizaba con sus celos, no me exasperaba con sus complejos, no me exigía amor los días que no me amaba ni siquiera a mí mismo, no esperaba más de lo que le daba ni nada de lo que no podía darle, no pretendía convertirme en un hombre mejor. Desde mi perspectiva, todo eran ventajas, todo era todo lo sencillo que yo deseaba que fuera mi vida. Cada vez tenía menos voluntad y menos tolerancia hacia los demás; amigos, ligues, parejas, familia: eran un estorbo. Nuestras interacciones eran espontáneas y cristalinas, sin reversos ni mascaradas, sin mentiras ni recelos: ella no tenía nada que demostrarme a mí, ni yo tenía nada que demostrarle a ella, actuábamos tal cual, éramos absolutamente honestos el uno con el otro en nuestros encuentros y el sexo era formidable. Además estaba convencido de que yo no era otro más para ella, más que eso, estaba convencido de que sentía algo por mí: yo no era carroña. ¿Me había vuelto loco o simplemente era idiota?

Un día desapareció de mi vida sin más, no como desaparecían unos calcetines del cajón o las estrellas fugaces en el cielo: desapareció sin más dejando un enorme cráter en  mi pecho lleno de barro y metralla. Día tras día, semana tras semana salí en su busca, pero ya no estaba ni nunca más estaría. Preguntaba a las otras chicas por ella, pero no sabían nada ni les interesaba. Cada noche volvía a casa frustrado y derrotado, pero creyendo devotamente que a la noche siguiente me cruzaría de nuevo con ella, pero eso nunca sucedió. Un día me di por vencido, los idiotas también nos rendíamos alguna vez y yo me rendí del todo. Iba de casa al trabajo y del trabajo a casa, no veía a nadie, no hablaba con nadie, ya no fumaba, ya no bebía, ya no me masturbaba, simplemente me quedaba sentado frente al televisor apagado durante horas sin moverme, sin pensar en nada, sin sentir nada. Me acostaba de madrugada, dormía dos o tres horas y me iba a trabajar. Mi madre, preocupada, decidió llevarme a un psicólogo y yo, enemigo mortal de esa clase de funambulistas, me dejé guiar dócilmente como un corderito a su consulta pulcra y luminosa como un  retrete recién limpio. Me hizo preguntas que no contesté, me miró inquisitivamente; probablemente no sabía que pensar y yo no sabía qué decirle porque no tenía nada que decir, ni que pensar, ni que desear, ni que odiar o amar. Mi madre no se dio por vencida, decidió que la solución estaba en ponerme en manos de una supuesta sanadora y yo, enemigo mortal de esta clase víboras, una vez más me dejé guiar hasta allí, una vez más, dócilmente como un buen corderito. Después de horas de espera en una sala improvisada rodeado de viejas afligidas, trémulas, crédulas y devotamente ansiosas de experimentar en breves instantes el milagro que iba a obrarse en sus cuerpos asediados por toda clase de males, entré en aquella carpa. Me senté en una silla como me ordenó la anciana milagrera. Ella se situó a mis espaldas, colocó su mano sobre mi cabeza, murmuró, siseó y suspiró sabría Dios qué cosas durante unos segundos, levantó la mano, procedió a anunciar a mi madre mi misteriosa curación y recibió un par de billetes de los gordos a cambio: efectivamente se había obrado un milagro puro y casi instantáneo en su cuenta corriente. Mi madre parecía más optimista y reconfortada, yo debería de haber pensado algo sobre todo aquello, pero no pensaba en nada en absoluto, pero supe que nunca me había vuelto loco, ni era un idiota: era un hombre enamorado.

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