Relatos

Días muy malos

Tendrían un buen motivo para salir a la calle a violar y a matar y, quien sabe, cantar como ruiseñores sobre la calavera de un hombre cualquiera, de los que lloran cuando pasa el Cristo o algún otro; tontos hay de sobra, es sólo cuestión de tener apetito.

Estaba siendo un muy mal día, de esos con una muy mala mañana y una muy mala tarde y una muy mala noche. Ahora ya sabes de qué te hablo y, por lo tanto, quieras o no quieras, podrás entender porqué aquel día pensé seriamente en salir a matar a alguien. Matar, violar, cantar como un ruiseñor sobre las tripas descerrajadas de mi vecina preñada. Cualquiera se merecía que lo quitara de en medio o que le diera por el culo. Se merecían todo eso y algo hasta mucho peor; podría quitarles la venda de los ojos, enseñarles el mundo real con toda su real fealdad y, después, mearme en las heridas abiertas. Después serían hombres y mujeres mejores, de los que saben de qué va toda esta mierda, pero ya nunca más dormirían por las noches ni soñarían con cisnes blancos. Tendrían un buen motivo para salir a la calle a violar y a matar y, quien sabe, cantar como ruiseñores sobre la calavera de un hombre cualquiera, de los que lloraban cuando pasaba el Cristo o algún otro; tontos había de sobra, era sólo cuestión de tener apetito.

De repente, casi sin saber como, estaba en casa de Sara sentado en su sofá, bebiendo su priba y mirando entusiasmado sus piernas que eran casi tan buenas como un hijo puta cualquiera con el culo roto o una preñada destripada. Como he dicho, casi no sabía como había llegado, pero allí estaba; no era un sueño o un truco de magia, aunque en algún momento lo pensara. Me había pasado toda la vida soñando con un rato a solas con Sara y ahora allí estaba, no a solas con ella, pero, aun  así, en su casa, cerca de ella y de sus piernas y del cajón de sus bragas en la habitación de al lado donde a menudo se masturbaría pensando en algún futbolista o varios de ellos. Sentía la magia del momento y no quería que nada lo estropeara. Aquello debería durar y perdurar, pero el tiempo no se detendría y, al final, más pronto que tarde, todo aquello tendría su final. Quería acercarme un poco más, encontrar las ganas de sonreír y, después, decir algo que sonase ingenioso e interesante como hacían los galanes en las películas, pero ¿cómo hacerlo? Esos maricones nunca habían estado tan jodidos como lo estaba yo. Es fácil ser un galán si el único momento en que piensas a lo largo del día es cuando te haces el nudo de la corbata. Yo era un hombre lleno de preocupaciones, dolores y apetitos.

No sabía como hacerlo. La música que sonaba, las copas que me tomaba sólo incrementaban la confusión. Estaba perdido en sus piernas y de ahí no salía; ni avanzaba ni retrocedía y, mientras tanto, todo en mi cabeza se complicaba. Sentado en el sofá tuve que observar como el payaso de turno se arrimaba a ella. Lo hizo con una gran sonrisa, una copa en la mano y mirada limpia y clara como la taza de un retrete. Estaba acabado, todo se me acababa de complicar aún más. El bastardo le dijo algo muy cerca de su oído y al hacerlo le rozó la mano, ella sonrió y así, de este modo, algo empezó a cobrar forma entre los dos. Tenía que reconocerlo; el tío sabía moverse, estaba motivado y tenía muy buena planta, ¡joder, si me lo follaría hasta yo!

Tenía que hacer algo, pero decidí no hacer porque no sabía qué demonios hacer, ¿cómo rivalizar con aquél listillo? Debía aguardar, al final algo se me ocurriría y entonces haría ese algo que ella para siempre recordaría; nos besaríamos, follaríamos y seriamos felices contemplando las estrellas en el firmamento. Hasta entonces los observaría, me tomaría otra copa y dejaría que se confiasen. Ajenos a mí y a mis tribulaciones, ellos se acercaban cada vez más, se sonreían y a menudo se tocaban con absoluta naturalidad. Si no ponía fin aquello sería un cornudo o algo peor; me tendría que conformar con una paja, me dije a mí mismo prometiéndome que de ningún modo sería un cornudo que acabaría la noche pajeándose en un rincón. Mañana tal vez, pero aquella noche no, de ningún modo. Me levanté y avancé medio borracho con los puños cerrados y la concentración de un berserker. Aquel cretino era un canijo, un par de ostias y asunto terminado, así de simple. Avancé con determinación y le asesté un primer puñetazo. No se lo esperaba, chocó contra la pared y se quedó allí mirándome desconcertado, seguramente, preguntándose como podía un tío tan guapo pegar así de fuerte. Satisfecho con mi fácil victoria, ebrio luché por mantenerme debidamente en pie mientras sonreía triunfalmente a Sara que parecía no comprender que la amaba. El tío se puso en pie, clavó sus ojos en los míos y como si no le hubiera costado ningún esfuerzo me asestó una hostia y luego otra y otra más. Caí redondo en el suelo, preguntándome de donde había sacado la fuerza aquel canijo. Él no desistió, se puso encima mía y empezó a machacarme la cara, una vez y otra vez como si algo terrible lo hubiera poseído. Sentí el sabor de la sangre, la furia de los golpes y me cagué en el amor mientras rogaba a los dioses que pusiesen fin a aquello de una vez.

Lo siguiente que recuerdo es estar tumbado en una cama en una habitación iluminada con una luz roja muy tenue. Las sombras eran negras y rojas al mismo tiempo. De sus tripas podrían haber salido jaurías de lobos o criaturas de cuentos de hadas. Me sentía a gusto rodeado de todas aquellas sombras rojas, pero nada de esto tenía la menor importancia porque Sara estaba allí. Se acercó, me miró con curiosidad y al fin se echó a reír de mí y de la paliza que me había dado aquel canijo. «Qué jodido es el amor», le dije con una voz que no era mi voz, ella se rió todavía con más ganas y yo decidí que me cortaría las venas aquella misma noche.

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