Relatos

El hombre ha muerto

Podría decirlo de otro modo, pero no quiero ser educado, ni sensible, ni respetuoso, estas cosas hay que decirlas así o callarlas con vino: ¡EL HOMBRE HA MUERTO!

EL HOMBRE HA MUERTO

Podría decirlo de otro modo, pero no quiero ser educado, ni sensible, ni respetuoso, estas cosas hay que decirlas así o callarlas con vino: ¡EL HOMBRE HA MUERTO!

Ha muerto aquí y allá, en profundo silencio, en extrañas circunstancias de locura y desespero que nadie supo como tuvo su inicio, ni si algún día tendrá un fin. Nadie meditó demasiado en el asunto. Después de todo, las noticias del día distorsionaban la luz del sol, nadie hubiera hallado allí, en los bordes cromáticos de la profunda oscuridad, el rostro de agonía del Hombre que expiraba a solas entre un ciclo de fascinaciones ostentosamente plásticas y otro de ficciones vertebradas en las retinas extáticas: movimiento sin movimiento, realidad fatalmente guionizada… ¿Quién podría haber comparecido en su hora final? ¿Quién pudo haberle oído maldecir su última esperanza en el clímax de su agonía? Yo sí puedo decirlo: ¡EL HOMBRE HA MUERTO!

 ¡Es la era del Hombre muerto! Ignorante-ilustrado, mendicante-ostentoso, sacrificador-sacrificado, siervo-soberano… Desinformación, prohibición, alienación… Tótems herméticos y vigilantes programados  en las pasarelas neolitúrgicas y en las avenidas populosas de este universo estrecho y finito sin voz, ni rostro, que ha establecido la eternidad de la muerte en el silencio límbico de los vivos: espectros deleitados, replicados tecnológicamente en el lecho mortuorio… no hay esperanza, ¡el Hombre ha muerto!

Y yo, hombre muerto, tan muerto como cualquiera, deambulé por las calles vacías al amparo de la madrugada. Una sombra demasiado oscura entre sombras perfectas, honestas y veraces proyectadas por doquier. Estudié con el ojo de la mente sus líneas firmes, casi eróticas, casi irreales y efímeras y, sin embargo, definiendo la realidad con su manto preciso: su ausencia cuestionaría toda aquella realidad. Ante ellas me sentí una sombra de la peor clase. Yo no definía nada, yo no establecía ninguna clase de realidad. Yo, espectro rigurosamente manufacturado, apenas proyectaba una sombra sin ningún origen verídico. Una sombra que erraba sobre las suyas, reivindicando un cuerpo muerto sobre la superficie del mundo que giraba silenciosamente en el seno de la malla cósmica, dejando tras de sí el pasado del futuro aún por llegar, la sombra de lo que sería en otro instante, en otra era por venir. El futuro ya había muerto en el pasado, perpetuaba su faz lívida en el presente, sin voz ni sombra… amé aquellas sombras, justas conmigo y justas con todos.

Vagué sin pretender seguir un rumbo. Vagué sin aspirar a ser yo mismo un rumbo hacia ningún lugar. Me dolía la cabeza, llevaba ya tres noches seguidas sin pegar ojo. Nada era lo que parecía si uno no dormía: todo latía, mordía y estremecía como si estuviera poseído por espectros rencorosos, enemistados con los hombres que les profanaban. La oscuridad se volvía más áspera, la luz del día se tornaba más hiriente, los vehículos no avanzaban realmente, los gestos de los transeúntes ensayaban decenas de gestos distintos al mismo tiempo, los ojos que mirabas giraban mecánicamente sobre sí mismos y sus resortes, las paredes ya no formaban sólo muros sólidos e infranqueables, las aceras se acercaban o se alejaban entre sí imperceptiblemente… el mundo real dejaba de ser el mundo conocido para ser  un mundo que debía ser explorado de nuevo, aprendido, memorizado y, sobre todo, con el que era necesario establecer una conexión, una relación de paz y respeto mutuo, de lo contrario, uno perdía la cabeza para siempre en aquella realidad autónoma, hostil y secreta ignorada por los durmientes que, sin embargo, estaban inextricablemente coordinados con ella; también sus cuerpos poseían una realidad secreta que ellos ignoraban. El mundo, lo animado y lo inanimado, tenían un espíritu, una voz y una voluntad propia que actuaba a hurtadillas, entre nosotros, sobre nosotros a cada instante.

Vagué… Y, cuando me detuve, lo hice frente a una calle estrecha, desequilibrada, silenciosa y oscura. Al fondo, un rótulo violeta de luces de neón, indicaba el acceso a lo que aparentaba un pub. Por un momento, permanecí quieto, de pie, vuelto hacia el vapor narcotizante de la luz violeta. No había mucho que reflexionar, como siempre… Dos, tres copas serían el principio de un fin virtualmente seguro para una mente endemoniada en un cuerpo muerto seducido por una luz espectral de color violeta.

Me interné en aquella un poco torcida. El aire liviano resultaba algo mórbido. La oscuridad gobernaba todos sus espacios y rincones, sólo un sol nocturno, violeta, al fondo, desafiaba la noche inviolada que me aferraba más al suelo; más pesado, más real, más posesivo.

Crucé la calle y entré en el local intentando deshacerme de la atmósfera irreal estancada afuera.

Accedí a un espacio no muy amplio iluminado como cualquier otro pub nocturno. En los rincones más velados algunas parejas en sus mesas se entrecruzaban las lenguas en sus bocas llenas y activas y, al mismo tiempo, a mis ojos, sombríamente quietas. No tenía sentido, me resultaban similares a estatuas de saliva y carmín confinadas en el momento exacto de la defunción de un beso apasionado: un tormento necrofílico que parecía evolucionar sin ellos, pero con sus lenguas y sus labios cayendo en otros labios. No parecían reales, pero lo eran y eso era lo verdaderamente perturbador.

Busqué la barra del local: demasiado limpia, casi virginal. A mi indicación, unas manos de dedos esféricos y obesos regidos por unos ojos eternamente impermeables y textiles me sirvieron una primera copa. Llevé a mis labios la savia áspera derramada de la teta de la Gran Venus oronda y mefítica. El toque helado, la penetración del alcohol en mis labios, me dispuso a favor de los hombres, el destino y la despótica eternidad momentáneamente. Yo, hombre muerto, me sentí alentado, por un brevísimo instante, a inspirar un pedazo de lo que fuera que allí exhalara. Las paredes no eran paredes, sino espejos imbatibles groseramente fracturados aquí y allá como si alguien no hubiera quedado conforme con la profecía de aquellas sibilas sobrias de cristal veraz y honesto, fatídico si uno no se hallaba en auténtica posesión de sí mismo: quien se ignoraba a sí mismo no era apto para afrontar los peligros del retorno a la primera luz: la peor de las tinieblas. Era una encrucijada diabólica y extenuante de equinocios, velos, mitos, sombras e ilusiones heredadas de sangre en sangre como una maldición errante, conjurada en la cuna de la medianoche del primer día, de la primera verdad. ¿Qué quedaba de ella?: una encrucijada torcida e inabordable, un gemido confuso, una palabra impronunciable para nadie que fuera un Bodhisattva comprometido consigo mismo hasta el extremo de proyectarse dentro de sí mismo.

¿Qué quedaba de ella? Me susurré con temor tratando de no invocarla en vano sin defensas ni resolución. Yo, hombre muerto, ya no abordaba el espacio astral de los difuntos lascivos y verme, súbitamente, reflejado en los extensos ojos verdes de una profecía de sudor y extenuación orgásmica, sideral, abordándome no lo mejoró nada, me hizo sentir más vergüenza de la defunción de mi cuerpo muerto. Era demasiado hermosa, era demasiado real, era la otra cara de la luna volviéndose hacia este lado de la Creación. Supe que era la luna sin tener que preguntárselo porque los muertos ya sólo soñábamos con ella cuando cerrábamos los ojos… También los muertos nos extraviábamos en fantasías nacidas a medianoche del vientre exhausto de toda la vida, descompuesta sobre nuestros huesos firmes y erguidos en las calles.

Sí, los muertos soñábamos y ella lo sabía, ella lo sabía todo, pese a limitarse a mirarme sin decir nada inhalando el humo de un cigarrillo. Ella, una mujer, una luna de ojos verdes; lo sabía todo de este mundo y del que nacería algún día; de los hombres muertos nacidos hoy y de los muertos aún por nacer mañana: las mujeres recordaban bien las vidas que otorgaban y las vidas que se enturbiaban. En algún lugar de sus esferas íntimas y profundas lo conocían todo de la vida y sus muertos. ¿Qué podía hacer yo?: Engullir mi copa de un trago y apartar los ojos de su sabiduría verde y selénica.

«¿Es la primera vez que vienes aquí?», preguntó casi sin mover sus labios finos e intensamente rojos. Sí, era la primera vez, también para los muertos había aún primeras veces; se moría infinidad de veces, infinidad de primicias. Durante unos momentos no volvió a decir nada más, sólo me observó fijamente desde una distancia inimaginable y cristalina. Me sentí prisionero de un éxodo verde, eterno, en el que erraba sin destino. «Siempre hay una primera vez…», dijo finalmente con una sonrisa suave trazada en su rostro de sutiles enigmas óseos vestidos con una piel maquillada. «Pero, en el fondo, las primeras veces no existen”, sentenció. No sabía de qué hablaba y no me gustaba escuchar la melodía órfica de su voz, delataba todavía más la oprobiosa corrupción de la muerte instalada en todo mi ser: ella era hermosa; yo era carroña, una anomalía de la vida.

«Pierdes tu tiempo conmigo, no soy quien crees, ni quién buscas. ¡Vete!», le dije con tono hostil, sin dirigirle la mirada y con la cabeza volcada en el vaso de cristal punzado con destellos ultraterrenos, casi místicos si aún me quedara un alma que elevar. «Yo nunca pierdo el tiempo, nunca busco nada y, al final, siempre sé algo, lo que necesito saber, nada más», contestó ella acercando su rostro al mío, casi susurrando, desbordando su verde en mi gris. Pude olerla; olía a brisas y copos de nieve. Pude casi escuchar los latidos de su corazón, tan engañosamente vivo, tan mortalmente desesperado como todos los corazones.

«¿Por qué no me sigues? Quiero enseñarte algo… te gustará». La miré a los ojos fijamente por un instante; desconcertado, aterrado y airado con ella y su voz y su insistencia  y toda su belleza pura y lunar contrastando con mi espanto. “¡MUJER, EL HOMBRE HA MUERTO! ¡DÉJAME EN PAZ! ¡VETE!”, le gruñi con la misma voz cavernaria que agitaba las pesadillas de los muertos. Me quedé en silencio con mis ojos amenazadoramente clavados en los suyos, su verde exaltó aún más mi morbosidad. Su calma, distante y benévola aspiró el último pedazo de oxigeno que encantaba mis pulmones. Quería odiarla y, sin embargo, no podía, fue a mí a quien odié con más repugnancia, con más virulencia. Ya no sólo era vergüenza, era dolor por toda mi fealdad y toda su perfección, una pena profunda que lo llenaba todo en mi interior como si allí nunca hubiera habido nada. Estaba vacío y lleno de terror al mismo tiempo.

«Sígueme», dijo lanzándome directamente a la cara el humo del cigarrillo. No pude evitarlo, me rendí después de haber peleado como pude con la luna verde, las brisas y los copos de nieve: era demasiado para mí.

La seguí hasta una habitación pequeña, sobria, intransigente y por ello, amenazadora. El escaso mobiliario estaba cubierto de polvo. El papel de las paredes insinuaba unas flores cubiertas de polen oxidado; tal vez fueran flores amarillentas, tal vez, ni siquiera fueran flores en absoluto, pero me costó desviar la mirada de sus líneas sombrías, arrogantes, pero sobre todo maléficas.

Ella se sentó en la cama con las piernas mortificantemente cruzadas. Encendió otro cigarrillo con los gestos pausados de un ave fénix que sabía que nada tenía que temer de las llamas y el tormento. Ella parecía tener toda la vida a su favor, la impulsaba, yo, en cambio, no me atrevía a moverme del sitio. De pie, la contemplé lujuriosamente. Cuanto más hermosa y deseable se volvía a mis ojos más evidente era, en flagrante disonancia, mi corrupción, mi tormento mortuorio. Era profundamente doloroso y, sin embargo, no podía dejar de observarla conmovido, de desear, con lascivia mortificante, cada línea de su figura… pero era profundamente doloroso.

«¿Alguna vez has amado, amado realmente?», dijo con un tono de voz sereno y perfecto. Casi fue como si no hubiera movido los labios y, al mismo tiempo, lo hubiera dicho todo, todo lo que podía ser dicho si uno verdaderamente pretendiera revelar el misterio más puro de una vida entera. Bajé la cabeza. Aquellas palabras asolaron mi pecho como un viento gélido que lo petrificaba todo a su paso por cada fisura de mi alma muerta. Creía que recordaba el amor, sí, creía que lo recordaba, me dolía, pero ya no sabía si había sido real. Era todo tan confuso, era todo tan sombrío y nebuloso, ¿había amado realmente? ¿Fui amado realmente? Me enfurecí dolorosamente con aquella fantasmagoría penosa, lenta y vasta, ahora helada en mi pecho.  Yo quería amar y ser amado una vez más… ¿Había amado, fui amado? Mi sangre arrastró por mis arterias un lamento y toda su ira.

«Yo no he amado, soy un hombre muerto», conseguí murmurar sin atreverme a confrontarla. Un instante de silencio, de sombras carmesís, brisas y copos de nieve mortificó mis vértebras aún más. «Yo podría amarte, me gustas… ¿Puedo amarte?», dijo finalmente. Levanté la cabeza y encaré de frente el verde discoidal y la luna inmemorial. Me sentí al borde de un abismo que era el cielo entero, quise caer y volar, pero los muertos no pertenecíamos ni a lo alto, ni a lo profundo, sino a las calles que siempre serían inmediatas, una línea plástica en el espacio imaginado de los que un día estuvieron vivos.

Cuando nuestros labios se acercaron aspiré primero el aliento de la luna verde y del abismo carmesí. Sus labios en los míos fueron pétalos dulces y cortantes que abrieron nuevas heridas en mi alma. La amé con dolor y placer, con resentimiento y devoción. La amé con el corazón trémulo, con mi carne fría y mi alma desolada. Ella supo que la amaba, pero no supo cuanto lo hacía, ni nunca lo sabría. Me ofreció su cuerpo inocentemente; una cruz a la que subí, no a expiar, sino a desafiar al Dios de los muertos con una última esperanza de vida, a amarla a ella por todos sus pecados, a perdonarla a ella por toda su pureza.

No me erguí sobre ella, ni en ella, ni por ella, sino más allá de mí mismo, allí donde estaba ella; más viva, más real, más hermosa, donde fuera que la luna ocultase su rostro. No me bastaban sus labios y su vagina, su carne y su olor a nieve lejana, sino que ansiaba la vida que aún florecía en su cuna, no dentro de ella, ni en ella, sino a través de ella como una ventana misteriosa que crucé como un mago de la carne. Fue allí donde la amé y me proyecté. Sus gemidos, sus vibraciones eran evocaciones de mis propias fantasías. Supe, recordé que alguna vez había soñado con ella en un lecho de polvo antiguo y flores malvadas.

Deslicé mi mano en torno a su cuello mientras la embestía. Tanta belleza, tanta vida era, de repente, escandalosa para un muerto decadente y, al mismo tiempo, deseaba retener esa vida para siempre. ¿Había amado? ¿Fui amado? ¿Espectro sin vida qué haces en el camino de los astros que aún brillan? No lo sabía, estaba perdido, exiliado de la vida, pero adormecido en su piel lunar al borde de un abismo verde. Ella era un astro que no retornaría y que yo intentaba atrapar en vano, un engaño, un tiempo que se había ido y que se escurría entre mis dedos muertos: vida que se había perdido y que ya sólo perduraba como un reflejo inaccesible y eso me llenó de pena y resentimiento hacia mí, hacia ella, que suspiraba desde los cuatro puntos cardinales. Ella aún vive, ella aún ama, ¿no crees que la muerte debe reclamar lo que le pertenece desde el alba hasta el ocaso? Mis dedos se aferraron con más fuerza en torno a su cuello. Mis ojos penetraron los suyos: la luna verde latía, la luna de piel suspiraba. ¿Acaso no es el deber de los muertos amar en la muerte y sólo en la muerte? ¿Acaso no ha de ser, también el amor, un crimen, una sentencia, una muerte? La muerte enseñaba a la vida, pero la vida endulzaba a la muerte.

¿Había amado? ¿Fui amado? Ya no deseaba saberlo: volvía a amar. Era necesario matar lo que sólo muerto podía perdurar; la vida era un momento, la muerte era eterna y silenciosa, amar sin amar en ella era el olvido, un momento, mera pasión. Sí, el amor debía ser también un crimen. Mis dedos se tensaron más en torno a su cuello, lo apretaron con más firmeza, mis ojos cincelaron los suyos y, los suyos, los míos. Mis movimientos se volvieron más secos y duros. Ella está viva, ella ama, ¿pero qué derecho tiene a la vida, al amor, si su pecho no se ha marchitado y todo no se ha desvanecido aún?. No, no tenía ningún derecho, sin la pérdida no había hallazgo; nada se ganaba, nada era justo y todo se olvidaba inmerecidamente algún día. ¡Llévala contigo! ¡Que sus huesos sean tu hogar a medianoche!

 Sus ojos, abiertos en los míos, se desesperaron, su respiración se asfixió, su cuerpo luchó en vano, mis dedos fueron velas de mármol que velaron implacablemente su muerte, mi pene halló nuevos espacios dentro de ella con cada nuevo impulso y con cada nuevo regreso. La amé más intensamente al saber que siempre la amaría, siempre, siempre… La amaba y ella también me amaría siempre, sin vida ni muerte que nos distinguiera, que nos avergonzara. Me sentí exaltado cuando acerqué mis labios a los suyos y aspiré el último calor de su última exhalación. La besé en los labios, celebré su muerte: así nacía toda la eternidad para nosotros. Recorrí su senda de nuevo y eyaculé ferozmente en el interior de su vagina aún caliente y anegada, ahora eterna. Amaba, era amado, lo recordaba bien.

Cerré los ojos de la luna y me separé de su cuerpo suavemente, aún olía a brisas y copos de nieve y algo más que no supe descubrir. La miré, la adoré un largo instante. Ya no me sentía ofensivo e indigno en su presencia, ante sus ojos verdes, cerrados y amados por la noche. Me sentía en paz, con el pecho lleno y colmado.

Con paso sereno caminé por la habitación, por el mausoleo solemne y polvoriento de nuestra boda. Me senté en su tocador. Me confronté en el espejo con mirada despejada, sanada y penetrante: no hallé desespero, ni aflicción. Mis ojos eran un mar de conchas de cristal seminal en calma y absoluta entrega: dos amantes se desnudaban en él. Sujeté su lápiz de labios rojo y tracé dos líneas, con torpeza, groseras y desiguales sobre mis labios. Coloreé mis mejillas llenándolas inexpertamente en exceso. La sombra de ojos y el rímel no ensombrecieron a los amantes; ni cercanos, ni distantes, tal vez eternos. Amaba y era amado,  lo recordaba bien.

Reuní todas sus prendas; bragas, sostén, medias, vestido y tacones y cubrí mi cuerpo como ella lo hizo horas antes. Lo hice despacio, prestando atención a cada detalle, dejando que su aroma en cada pedazo de tela se elevara sutilmente recordándome una vez más que siempre la amaría en cualquier clase de mundo antes y después de éste, a cualquier hora de la muerte. Amaba y era amado, lo recordaba bien, oh, sí.

Me alcé sobre los tacones, me tambaleé, pero casi de inmediato dominé mis pasos como si sólo hubiera olvidado por unos instantes como se caminaba sobre aquellas máscaras eróticas. Me situé frente al espejo. Me sentí orgulloso: era una mujer hermosa y atractiva, sin duda lo era, nadie podría decir lo contrario. Acaricié mi silueta, era perfecta para aquel vestido, nunca lo hubiera sido, pero ahora lo era, nadie lo podía haber negado.

Antes de irme, la contemplé una vez más, desnuda, dormida, amada en la cama, siempre amada. Las flores oxidadas parecían confesarse algo sólo soñado por ellas, entre ellas. Un denso filón de esperma resbalaba hacia afuera desde el interior de su vagina alcanzando su ano. No sabía qué había sucedido exactamente momentos antes, pero pensé que había sido hermoso, sentí como dos amantes me lo confesaron al oído entre brisas y copos de nieve en la noche oscura, la primera noche que aún lo recordaba todo como yo recordaba que amaba y era amado.

He meditado mucho en ello, aún no sé si soñé todo aquello o si sucedió realmente. Aún no lo sé. Pero, de algún modo, a menudo, puedo recordar, sin recordar nada concreto, que amo y soy amado. De algún modo puedo recordarlo y no sé por qué lo hago siendo yo otro hombre muerto que nunca ha amado, ni ha sido amado.

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