Relatos

Hombres del mediodía

Demiurgo henchido, me vacío sobre su abdomen  mientras trazo el rumbo de los astros estableciendo una tragedia ineludible sobre la cabeza de todos los hombres. Me dirijo a ella y le digo que no soy un mal hombre, después de todo. No sé por qué lo hago, pero lo hago. Ella me mira fijamente, dice que me cree, pero parece dudar de ello como si el hielo y el fuego no pudieran ser buenos o malos, sino lo que está escrito que sean.

Las ratas corretean jubilosas de acá para allá exhibiendo sus enfermedades como un general porta orgulloso sus medallas en la víspera de una batalla memorable.  Observo como, al otro lado, un chaval le mete mano a una tía de su misma edad como si estuviera ante el estante de un supermercado tanteando un producto y luego otro, pero sin decidirse, volviendo a dejarlo todo en su sitio, indemne. Retira la mano e interrumpe el morreo para susurrarle algo a la tía que sonríe y le mira como miraría el póster de una estrella de cine colgado en la pared: pensando que, aquel tío, le servirá para una paja y poco más.

Me detengo a reflexionar en que hace tiempo que no me entiendo con la mujer que llevo en alguna parte, parece que ansía ser cualquier otra cosa ajena a mí mismo y he decidido dotarla de alas, no sé si por el capricho de verla volar o de verla estrellarse contra el suelo, pase lo que pase, disfrutaré con ello, de todos modos, siempre lo hago.

Decido extraviarme de nuevo por las calles; anchas, diversas, rítmicas y, sin embargo, quietas, mudas, anodinas y estrechas como las trincheras después de una gran carnicería. Los heridos, los mutilados, los sacrificados en el Gran Absurdo de la nueva era se cruzan apresuradamente entre sí, se retiran heridos y en orden de aquella moderna tierra de nadie que nunca conquistarán, pero por la que volverán a pelear mañana al comienzo del nuevo día y al siguiente…

No sé muy bien como, pero, de repente, me veo cara a cara con una amazona de pechos violentos y robustos. Luce un falo arrogante como el del mismísimo Atila a las puertas de Roma prometiendo un saqueo memorable. Sin pestañear apenas, me estudia con  la expresión lejana, altanera y soberbia de una marquesa que, en el centro de su salón, aguarda a que le rindan la merecida pleitesía y un sentido poema que tenga por tema su inabordable belleza. Casi me siento en la obligación de hacerle una venia y de besarla entre sus nalgas para sellar mi pacto eterno con ella, pero decido ir directo al grano, ya le venderé mi alma otro día si estoy de humor.

Una vez en la cama desnudos, en contacto, concediéndome su cuerpo mareante, sus labios y su lengua, el personaje de la marquesa va dando paso a una criatura más cercana, tratable y mundana, pero con el ritmo mágico de un hada en su interior con la que voy estableciendo una conexión. Conexión que necesita el engranaje de su pene para fluir de manera correcta en este mundo incorrecto que, abordado desde lo alto de su carne ceñida por mis labios, carece de peso, forma y sustancia como si nunca hubiese sido, pese a todos los cuerpos destrozados en sus batallas como fetos repentina y grotescamente abortados por una voluntad superior que nunca ha conocido el dolor, pero que celebra el dolor.

La invito a introducirse dentro de mí, también yo necesito celebrar mi propio dolor, necesito brincar a su alrededor y tramar mejores fechorías contra las estrellas que alumbran mis sueños. Con ella metida dentro, entregada a su natural ferocidad como si fuera su mejor talento y me lo quisiera demostrar, al fin, logro reconciliarme con la especie humana, no porque necesite amarla, sino porque no necesito llorar amargamente con ella: mi dolor es sabio y risueño, después de todo, porque conoce su sombra y no evita la de todos los demás.

Vuelvo a la calle, al aire de la noche liberado del peso del semen, que es el peso de una clase de locura que las mujeres nunca comprenderán y, por eso, lo reciben como un don, pero es una maldita locura que hierve y ahoga… Nunca lo comprenderán.

Calle tras calle, ratonera tras ratonera conspiro con los coches que pasan que, ahora, parecen ingenios lujuriosos dotados de un mejor sexo; adaptable, cómodo, sofisticado y caliente sobre el que verter orgasmos ominosos a velocidades trepidantes estimuladas por la combustión prostática que imagino en la necesaria confrontación, en la necesaria colisión con otros ingenios sexuales estimulados, a su vez, por vaginas lubricadas con carbono caliente; vestigios de otra era que mira a esta con desconfianza sin lograr alcanzar el rigor catártico de hermosos penes y vaginas aplastados contundentemente en un choque trágico, expeliendo su sangre redimida con la sustancia del orgasmo sobre la amalgama de metal, plástico y cristal roto que cuenta a los sabios que nada dicen saber que todo se sabe si se muere amando o, al menos, intentándolo.

Necesito una cerveza, me meto en un pub de aspecto impecable, pero inevitablemente corroído por el sentimiento de culpa como todo lo que luce impecable. La música es insultante como es habitual. Soy muy escrupuloso con la música; cualquiera que pretenda ofenderme de verdad, simplemente, que elija mala música. Me pego a la barra sin percatarme de nada más como si se tratara del límite del mundo y, a continuación, sólo pudieran haber serpientes marinas y dragones en un abismo eterno que necesito explorar sin perderme en él.

A la mitad de la tercera cerveza siento el hedor repentino de un perfume femenino en torno a mí. Giro la cabeza y allí, con sus ojos azules y apolillados clavados en los míos como una señal de lujuria y dicha al borde del fin del mundo, veo a una cincuentona a la que el tiempo le ha enseñado la dura lección de que ya solo le queda soñar con viejas glorias y la esperanza de un coito fortuito sin mayores implicaciones. Me sonríe con confianza, como supiera con qué me he masturbado anoche y todo aquello la pusiera cachonda a ella también. No es la clase de sonrisa que pueda desafiar, así que la evito y poso mis ojos indecentemente en sus pechos desbordantes, lanzándole la inequívoca señal de que estoy listo y conforme con lo que tenga que suceder en su lecho o en el mío. Me mira enigmáticamente, no sé si agradecida o agraviada al mismo tiempo, tampoco me interesa; estoy seguro de que mis ojos no son los primeros en desnudar aquellos pechos con descaro, así que no tengo que cargar a solas con toda la culpa.

Se acerca un poco más. Se presenta con la voz pausada de una serpiente caída de un árbol antiguo que trae una manzana consigo y todo el jodido Infierno detrás. Pide una copa, se acerca todavía más y empieza a hablar de esto y lo otro, descubro que lleva un par de copas de más, pero conserva la compostura y toda su elegancia como si se hubiera propuesto morir con toda ella puesta a sus pies.

Se desinhibe y se lanza a hablar de sí misma; toda clase de cosas, como si en pocos instantes yo debiera saberlo todo de ella y anotarlo en una libreta y estudiarlo como un alumno esforzado que a la mañana siguiente, después de intensos orgasmos, será convocado a un riguroso examen. Me doy cuenta de que es algo crucial para ella. Me habla de todo aquello sin orden ni concierto, saltando de una cosa a otra aleatoriamente. Me dice que es dueña de una tienda, me habla de viajes de placer a Praga y Florencia, me habla de su afición a novelas bobas, me habla de atardeceres enternecedores en las playas frente al mar… Rutinariamente, añado con mi voz alguna nota musical a todo aquello como si aquella partitura necesitase un do aquí y un la allí para que no se eche a perder.

Hoy no me siento con cabeza para todo aquello y, lo cierto, es que tampoco me interesa, yo aspiro a otras cosas. Yo quiero sorber sus heridas, quiero alimentarme de sus pústulas, quiero sus abismos, quiero las estrellas que brillan y las que agonizan, quiero sus terrores, quiero sus tristezas, quiero sus pesadillas y todos sus sueños, quiero la mugre de sus uñas, quiero el sudor de sus axilas, quiero el hedor de sus heces, quiero su locura, quiero sus truenos, quiero sus lobos hambrientos y sus muñecas asesinas, quiero su dolor, quiero sus frustraciones, quiero sus taras, quiero sus ansias suicidas, quiero beber de su sangre con toda su vida, quiero sus lágrimas muy frías en una copa de cristal, quiero sus vísceras saciadas de luz y fuego, quiero saber que le dicen sus dedos a su clítoris, quiero vagar por su piel áspera, quiero la absoluta luz y la absoluta oscuridad de su alma. Quiero todo lo perverso y todo lo sublime que hay allí. Quiero todo lo que de una forma u otra late en ella, quema, sacia y desgarra a partes iguales. Quiero todo lo terrible porque también lo bello ha de ser terrible. ¡Quiero lo que sea, pero que sea fuerte! No quiero saber lo bien amueblada que tiene la casa.

Me recito a mí mismo pasajes de Así habló Zaratustra mientras la beso, mientras  recojo su coño con mi lengua, mientras la penetro, ¿cómo no invocar al hijo del mediodía a este otro mediodía?

¡Contempladnos! Somos fuego e hielo fundiendo nuestros cuerpos, entrando en confrontación en el vasto universo porque estaba escrito desde antaño que así tenía que suceder y qué mejor lugar y qué mejor momento que este. De nuestros cuerpos surgirán nuevos mundos, con nuevos continentes y nuevos hombres que habrán de echarlo todo a perder con una manzana, pero no será por nuestra culpa, solo somos dos cuerpos en movimiento sin demasiado tiempo a nuestro favor, completamente ajenos a su propia creación que, de rodillas, rezará al fuego y al hielo sin comprender que el fuego y el hielo queman igualmente y que lo mejor que pueden hacer es olvidar todo aquello e irse a sus casas a arder en sus propios corazones.

Demiurgo henchido, me vacío sobre su abdomen  mientras trazo el rumbo de los astros estableciendo una tragedia ineludible sobre la cabeza de todos los hombres. Me dirijo a ella y le digo que no soy un mal hombre, después de todo. No sé por qué lo hago, pero lo hago. Ella me mira fijamente, dice que me cree, pero parece dudar de ello como si el hielo y el fuego no pudieran ser buenos o malos, sino lo que está escrito que sean. La beso en los labios prometiendo a la edad del fuego una edad de hielo. No busco paz, sino confrontación, lucha y hostigamiento incesante, hielo contra fuego, ¿sabrán comprender los hombres que surgirán de nuestra lucha, de nuestra creación, la verdad que les traigo? ¿Serán hombres del mediodía? 

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